Por Lourdes Mantilla / Cuerpomente
"Una creencia muy extendida es pensar que los niños juegan únicamente si tienen juguetes entre las manos, cuando basta observarles para darse cuenta de que continuamente lo están haciendo: mientras comen, cuando andan por la calle, al ver la televisión, a la hora del baño... Y juegan de una forma inconsciente, transformando cada una de estas actividades –comida, paseo, higiene...– en muchas otras vivencias reales o imaginarias.
Si los padres están atentos se sentirán invitados continuamente a participar en ese mundo de creatividad y fantasía. Al hacerlo se crea una conexión mucho mayor con sus hijos, ya que, a través del juego que propone el niño, este va expresando también sus sentimientos, sus temores, sus experiencias. En otras palabras, jugando con los hijos además de divertirnos juntos aprendemos a conocernos mutuamente y se refuerzan los vínculos familiares.
Por todo ello el hecho de jugar en familia debería convertirse en un acto natural y espontáneo, en una actividad más de todos –no solo de los pequeños– y no reservada al momento preciso de "vamos a jugar a tal o cual cosa", sino factible en cualquier momento y lugar."