Por Josep M. Palau Riberaygua / La Vanguardia

"Con la intención de reactivar el turismo y de lanzar un mensaje internacional, la India ha reabierto el monumento más conocido del país, el Taj Mahal, el pasado 21 de septiembre. Al visitante no sólo lo reciben las ya habituales medidas de sanitarias de prevención, tales como el gel hidroalcohólico o la necesidad de usar mascarillas, sino también el inevitable aroma de incienso purificante, ubicuo en el subcontinente asiático. Y no es casualidad, porque las barritas de incienso o agarbatti están presentes en todo ritual del continente asiático, y más aún en este país, que es el mayor productor del mundo. La industria del incienso se concentra en Bangalore, la ciudad jardín, donde compite con las fragancias de parque públicos como el de Lal Bah o de Cubbonson, por no hablar del mercado de Krishna Rajendra, que reserva una sección a las esencias y especias, y otra a la venta de flores.

Aunque el incienso se relaciona muchas veces con oriente, se puede afirmar que prácticamente no hay religión que prescinda de él; lo encontramos en un monasterio budista, una iglesia católica o un templo sikh. Se puede decir que se trata de una fragancia universal, asociada desde antiguo a las prácticas religiosas y, de forma más amplia, al misticismo y la concentración. La cada vez más extendida práctica del yoga o de diversas disciplinas relacionadas con el mindfulness hacen que encontremos el incienso en lugares donde se quiere limpiar el ambiente de olores y energía negativa, se busca estimular la relajación profunda, la creatividad y la claridad. Al margen de su uso actual, lo que es indudable es que el incienso es el tatarabuelo de los perfumes actuales. De hecho, la palabra perfume deriva del francés per y fume, por humo, ya que es cuando arde que el incienso libera su poder. Por su parte, incienso deriva del latín incensum, quemar."


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