Por Teresa Amiguet / La Vanguardia

"Carlos Acosta, bailarín, actúa con su compañía en la Factoría Cultural de Terrassa.

Tengo 48 años. Nací en La Habana. Felizmente casado, tres hijas, una de nueve años que apunta maneras de gimnasta y dos gemelas de cinco. La política no me interesa. Creo en el ser humano y en las fuerzas de la naturaleza. El mundo sería mejor y más humano si el arte fuera más accesible a todos.


El primer Romeo negro

Acosta se levanta y, emocionado, evoca cómo agarró por la cintura y le hizo una promenade a su paisana Alicia Alonso, la gran bailarina estandarte del genio cubano, que siempre le apoyó. Fue uno de los hitos del joven Acosta, que había emergido desde las calles de La Habana en las que se inició en el break dance. Le llamaban Yuli, apodo que daría título a la película que Icíar Bollaín le dedicó. Hoy dirige el Ballet de Birmingham y la compañía Acosta Danza, completamente cubana. Su prestigio le ha permitido conseguir fondos extranjeros, que ayudan a pagar mejores salarios a esos artistas. "Quiero que cuando un bailarín llegue a nuestro edificio esté confortable, tenga internet, tenga comida, que pueda concentrarse". Yuli se despide presuroso. Baila cada vez menos, pero su cometido de director artístico le hace girar y girar".






Imagen: La Vanguardia
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