Por Josep Maria Palau Riberaygua / La Vanguardia


"Sobre la mesa se ha dispuesto un largo rollo de papel de arroz. Bajo el mismo, unos fieltros, que tendrán una función aún no revelada. A un lado se dispone la tinta ya preparada, los pinceles. Y a espacios regulares, distintos recipientes con tinta y cuencos con agua. El artista solicita silencio en busca de concentración, en la que ayuda la música que cada ejecutante elige según su pulsión, su vibración interior. 


De pronto, toma uno de los pinceles, lo sumerge en la tinta, ajusta la densidad con el agua y lanza un trazo decidido. Dos. Sumerge de nuevo el pincel, deposita de nuevo el negro sobre el blanco en movimientos fluidos, aparentemente sencillos, rápidos, espontáneos. Casi se diría que pulsa el papel más que pinta. Ahora se revela la función del fieltro, ya que aporta la profundidad y amortiguación necesaria para que ceda el papel donde la pincelada ha sido más fuerte, hundiéndose lo justo para acumular algo más de negro, provocando una gradación natural de las tonalidades.


El contraste entre blanco y negro, entre lleno y vacío, lo es todo. Los asistentes asisten fascinados, como si fueran testimonios de algún tipo de danza mística, llena de significado. Y no se equivocan, porque lo que están viendo es cómo se ejecuta una obra según el arte del Sumi-e.


La pintura con tinta Sumi-e es uno de los tantos caminos de la filosofía zen, por lo que en cierto modo se puede comparar con el arte floral o ikebana, o incluso con el tiro con arco. Todos ellos son vías para conocerse uno mismo, por lo que su finalidad es más espiritual que estética, aunque el sentido artístico esté implícito.


[…]


Las gradaciones del negro, pero sobre todo la cantidad de blanco que se deja, son el punto crítico de este arte. En las antípodas del barroco o el manierismo occidental, el espacio en blanco se compara a menudo con los silencios en un recital de poesía o en un concierto. Además, los objetos se representan sólo en parte, como si una porción de ellos quedara fuera del papel. Y siempre se sitúan a un lado, insistiendo en la idea de que hay que dejar espacio libre para que el observador lo llene con su propio pensamiento.


En palabra de Okakura Kakuzo, que fue director de la Escuela de Bellas Artes en Tokio y luego del Museo de bellas Artes de Boston, "la obra de arte presenta un vacío para que usted penetre en él y lo llene de emoción estética".



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Image: Josep Maria Palau Riberaygua / La Vanguardia

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