Por Yvette Moya-Angeler / Cuerpomente


"Christophe André nació en Montpellier, hijo de un marino y una maestra, y pasó su juventud en Toulouse, entre la facultad de Medicina y los campos de rugby. Había leído a Freud y por eso se convirtió en psiquiatra. En París encontró nuevos horizontes y vio nacer a sus tres hijas.


Hoy André divide su tiempo profesional entre el ejercicio de la psiquiatría y la escritura de libros en los que explica cómo sus pacientes aprenden a vivir mejor. Confiesa que él es su primer paciente y su primer lector.


[…]


Mis pacientes me enseñan muchas cosas porque tengo una relación estrecha con ellos, pero aprendo en general de todas las personas con las que me relaciono. Cuando me encuentro a alguien, observo cómo funciona, en qué es admirable y me puede inspirar, y en qué flaquea y arroja luz así también sobre mis propios fracasos.


–¿Y cómo ha evolucionado su modo de tratar a estas personas? Ha introducido en su terapia la meditación, el arte, los paseos...


–Al principio, como muchos médicos, era muy académico. Hacía lo que me habían enseñado a hacer, que está muy bien porque era necesario. Pero poco a poco fui viendo que la prevención era muy débil en psiquiatría. En otras áreas, como en cardiología, los médicos ponen mucha atención en el trabajo preventivo –les dicen a sus pacientes que no fumen, no coman demasiado, etc.–,mientras que en psiquiatría eso no se hacía mucho. Sí había fuera muchos talleres de crecimiento personal, yoga, respiración, etc. pero los médicos lo miraban con desconfianza e incluso desprecio. Después nos dimos cuenta de que nos habíamos equivocado, que había una verdadera necesidad de ayudar a las personas a sentirse bien, a construir su equilibrio, y que en todos esos acercamientos no científicos había algo que merecía ser evaluado y utilizado en psiquiatría.


[…]


–¿Usted practica la meditación regularmente?


–Todas las mañanas. Me levanto pronto y medito sentado entre diez minutos y media hora. Pero, además, trato de vivir el máximo de actividades cotidianas en estado consciente. Cuando pelo zanahorias, pelo zanahorias y punto, trato de no estar pensando en que debería estar en otra parte o en lo que tengo que hacer después. Y lo mismo si friego los platos, saco la basura, camino o espero. Me concentro en hacer lo que estoy haciendo. Además, todos los años hago un retiro de una semana, a veces con colegas.


[…]


–Usted parece muy sensible: al arte, a los demás... ¿Qué les diría a las personas sensibles, que a veces sufren por ello?


–La sensibilidad forma parte de nuestra identidad, así que no vale la pena intentar evitarla ni aparentar ser duro ni impedirse sentir con más intensidad que los demás…"


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