Por Rafael Narbona / El Cultural
"En una época donde la escritura fluye desbocada, alumbrando miles de manuscritos, los grandes maestros orales producen perplejidad y asombro. Escribir es una forma de oponerse al tiempo, de luchar contra la muerte y el olvido, de abrir una hendidura en la materia, aparentemente ciega y oscura. Siempre es posible exponerse al albur de que otros recojan nuestros actos e ideas, pero esa opción exige una confianza temeraria en uno mismo y cierta negligencia, pues no existen los testimonios objetivos. ¿Quién era realmente Jesús de Nazaret? ¿El chamán evocado por Marcos o el filósofo descrito por Juan? ¿El rabino reformista del que nos habla Mateo o el humanista compasivo que nos presenta Lucas? Puede decirse algo semejante de Sócrates. ¿Es el hondo metafísico que nos ha legado Platón? ¿O el bufón que escarnece Aristófanes en Las Nubes? ¿Fue un seductor o un sabio, un impertinente o un moralista? A diferencia de Jesús de Nazaret, nadie ha cuestionado su existencia histórica. Sabemos que nació en Atenas en 469 a.C., que procedía de una familia humilde (su padre era cantero y su madre, comadrona), que combatió valientemente en la Guerra del Peloponeso, que era austero pero de carácter alegre y burlón, que no cobraba por sus clases, que durante la tiranía de los Treinta le prohibieron continuar con su labor educativa y que la restauración de la democracia no le benefició, pues fue condenado a muerte por impiedad y conspiración. Ganarse el aprecio y el respeto de los jóvenes aristócratas de Atenas (entre los que se hallaba Platón), y plantear un concepto de la divinidad que cuestionaba las creencias religiosas tradicionales, le acarreó una sentencia injusta que podría haber eludido, pero que acató por respeto a la ley. En el verano de 399 a.C., bebió la cicuta con admirable serenidad, asegurando que nada podía destruir el alma, inmortal y eterna.
Sócrates no escribió porque consideraba que la letra era saber muerto. Su discurso estático carece del carácter creativo y dialéctico de una discusión, donde varios interlocutores intercambian puntos de vista, desembocando a veces en hallazgos inesperados. El diálogo no es un simple duelo, sino un proceso complejo que produce conocimiento. Su punto de partida es el reconocimiento de los límites del saber. Sócrates aprendió a repudiar el dogmatismo tras su visita al oráculo de Delfos. La Pitia le dijo que era el más sabio de los hombres, porque era el único que conocía y admitía su ignorancia. Si quería aprender algo, no debía perder el tiempo con políticos, artistas, científicos o artesanos, sino escarbar en su interior. "Conócete a ti mismo, sé humilde, cultiva la duda", le ordenó la sacerdotisa de Apolo. Armado con esas enseñanzas, Sócrates se acercó al ágora y proclamó desafiante: "Sólo sé que no sé nada". No presumía de poseer la verdad, sino un método. La ironía era el primer paso. Consistía en reducir al absurdo los argumentos de su interlocutor. Esa forma de actuar le granjeó infinidad de enemistades y quizás algún altercado físico. Nos han contado que era feo como un sileno, con los pies enormes, una barriga prominente y una nariz abultada. Sin embargo, no era un hombre débil. Había salvado la vida a Jenofonte en la batalla de Delio. Si peleaba con la misma contundencia que razonaba, sus rivales debieron marcharse más de una vez escaldados, jurando venganza.
El segundo paso de su método consistía en guiar a su interlocutor mediante preguntas. "Yo no sé, pero tú sí sabes", argüía con astucia. Sus preguntas se parecían a las maniobras de una comadrona. No pretendía hilar un discurso, sino ayudar a alumbrar el saber que yacía escondido en el otro. Sin embargo, el desenlace de este proceso o mayéutica, no era previsible. Es bastante improbable que Sócrates atisbara las Ideas o Formas que Platón describió en sus diálogos de madurez. En cambio, la identificación de la virtud con el saber y el mal con la ignorancia parece una teoría genuinamente socrática. Sócrates es un moralista que pretende enseñar el arte del buen vivir. El hombre virtuoso experimenta felicidad, no frustración. El bien no es una obligación, sino un apetito racional que reconforta al espíritu. Por el contrario, el mal convierte al hombre en esclavo de sus pasiones. El hombre sabio, virtuoso, halla la recompensa en la rectitud de su conducta. Aunque la adversidad se encarnice con él, nunca pierde la satisfacción interior que produce obrar libre y racionalmente. Cuando Sócrates se defiende ante los jueces que piden su muerte, afirma que su principal preocupación no es vivir o morir, sino ser justo y no hacer en ningún caso cosas malas o vergonzosas. No le pesa haber recomendado a sus conciudadanos que se preocupen por el bien y no por las riquezas, que cuiden su alma y no se dejen llevar por la venganza, el egoísmo o la cobardía. Sabe que actúa como un tábano, molestando y acosando sin tregua, pero no le pesa, pues opina que su impertinencia contribuye a la salud de la polis. Alega que su pobreza es la evidencia indiscutible de su talante cívico. Afirma que en su interior hay "algo divino y demónico", una voz o daimon que le acompaña desde niño. Sus acusadores se burlan de esa peculiaridad, pero él se considera afortunado, pues siempre le ha incitado a obrar con prudencia."
Image: Jacques-Louis David: La muerte de Sócrates, 1878 / El Cultural